Mil ochocietos y helados a muerte

El año de 1816 es conocido por los científicos e historiadores como “mil ochocientos y helados a muerte” o el “año sin verano”. Fue el comienzo de un período de destrucción ecológica natural que no se olvidará con facilidad. Durante ese año, el Hemisferio Norte fue golpeado por los efectos de por lo menos dos fenómenos anormales, pero naturales. Esos eventos fueron misteriosos en ese momento, y aún hoy no son totalmente comprendidos.
1816 estuvo en el punto medio del que fue un período de baja actividad solar que duró aproximadamente desde 1790 hasta 1830, este suceso se denominó Mínimo de Dalton (Llamado así por el meteorólogo británico John Dalton). Se parecía al anterior Mínimo Maunder (alrededor de 1545-1715) que fue responsable de por lo menos 70 años de tiempo hiciese frío en el Hemisferio Norte. El mínimo de Dalton coincidió con un período de temperatura global por debajo del promedio.
Pero el evento que conformó más severamente al fenómeno frío de 1816 fue la catastrófica erupción del volcán Tambora el año anterior, en la isla de Sumbawa, en la Indonesia actual. La erupción del Tambora del año 1815 fue la mayor erupción volcánica de la historia registrada. El volcán ahora alcanza 2.850 metros, con una base al nivel del mar de 60 kilómetros de diámetro. Antes de esta gran erupción, su cima sobrepasaba los 4.000 metros. Su cráter, ligeramente elíptico, de 6 kilómetros de diámetro aproximado, tiene casi 1.500 metros de profundidad.
Este volcán provocó otras erupciones en 1819,1880 y 1967.
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                                      Vista aérea de la caldera del volcán
Dicen las crónicas que en las primeras horas de la tarde del 5 de abril de 1815 se oyó en Batavia (Java) un ruido extraño, como el retumbar de cañonazos lejanos. Pronto la lluvia de cenizas dio cuenta del comienzo de una erupción volcánica. La gran explosión se produjo días después, el 11 de abril; tres columnas de fuego ascendieron y la montaña se transformó en una masa de fuego. A las 8:00 am, empezaron a llover piedras de piedra pómez de hasta 20 centímetros de diámetro. Entre las 9:00 am y las 10:00 am, empezó a caer la ceniza volcánica sobre la isla. Los flujos piroclásticos enterraron la ciudad de Tambora. La propia isla de Sumbawa y la de Lombok quedaron cubiertas por un manto de cenizas de varios metros de espesor que aniquiló a sus habitantes.
El volcán elevó a la atmósfera tal cantidad de humo y polvo que impidió la entrada en la misma de una porción considerable de radiación solar, actuando así como un “espejo” que hacía rebotar hacia el espacio parte de la energía solar que normalmente llega hasta nosotros, con lo que se produjo el consiguiente enfriamiento. Por si todo esto fuera poco, otra casualidad más vino a unirse a las dos anteriores, para desgracia de la humanidad, pues el Sol realizó por entonces su tradicional giro, o movimiento inercial, alrededor del centro de masas del Sistema Solar, “cambiando” de posición. No se conoce muy bien si este fenómeno periódico, que sucede aproximadamente casi cada dos siglos, influyen en la dinámica climática terrestre, pero puede que algo tuviera que ver.
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                          Recreación de posible erupción del volcán Tambora
En el año 2004, una excavación arqueológica liderada por la Universidad de Carolina del Norte y el Observatorio Vulcanológico de Indonesia descubrieron lo que se ha llamado la “Pompeya del Este“: una ciudad conservada tal y como era en 1815, enterrada por las cenizas.
 Además, el gran volumen de lava que irrumpió en el mar de Bali provocando un gigantesco tsunami que sumergió a gran velocidad el litoral de numerosas islas y que grandes aglomeraciones humanas, como Besuki (Java), a más de 500 Kilómetros de distancia del Tambora, o Cerám y Amboine, a 1.600 Km., fueron barridas por una ola de 2 metros de altura que arrastró y sumergió en el mar cuanto encontró a su paso, causando 88.000 víctimas.
 Las consecuencias fueron muy negativas ya que toda la vegetación de la isla fue destruida. Árboles arrancados, mezclados con cenizas de pómez, fueron arrastrados hacia el mar y formaron balsas de hasta 5 km de diámetro. La columna de erupción alcanzó la estratosfera, a una altitud de más de 43 km. Las partículas de ceniza más gruesas cayeron hasta 1 a 2 semanas después de la erupción, pero las partículas de cenizas más finas se quedaron en el ambiente a una altitud de 10–30 km durante unos meses hasta unos años. Los vientos longitudinales propagaron estas partículas finas por el mundo, creando fenómenos ópticos. En Londres se observaron atardeceres y crepúsculos prolongados con colores brillantes.
La primavera llegó a ser tan fría en el Hemisferio Norte, que el ganado moría congelado y las tierras no podían labrarse, ya fuera porque la nieve persistía o porque las sequías frías arruinaban todo intento de sacar provecho de la tierra. En algunos lugares no cayó ni gota durante meses, acostumbrados como estaban a lluvias generosas, se convirtieron en regiones casi fantasmales, donde la gente moría de hambre y frío, envueltos en un extraño viento seco y persistente que no se detenía nunca. El verano llegó, plagado de heladas, nevadas,  vientos que no se calmaban y más tinieblas. Los campos no se recuperaron, las gentes no salían de sus casas por miedo al pillaje, los bandidos y, también, porque la mayoría había enfermado y se encontraba sumida en un pesaroso estado de depresión y fuerte debilidad. El historiador John D. Post bautizó este suceso como “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental”.

Impresionado por la lobreguez del ambiente, con el cielo totalmente cubierto de oscurísimas nubes que ocultaron el sol, Byron rememoró, como una auténtica pesadilla, aquellos días vividos en tierras helvéticas. Compuso un poema de 82 versos, al que llamó “Darkness”, que comienza así:

OSCURIDAD
Tuve un sueño, que no fue un sueño.
El sol se había extinguido y las estrellas
vagaban a oscuras en el espacio eterno.
Sin luz y sin rumbo, la helada tierra
oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.
Llegó el alba y se fue.
Y llegó de nuevo, sin traer el día.
Y el hombre olvidó sus pasiones
en el abismo de su desolación.(…)

Las explosiones cesaron el 15 de julio, aunque las emisiones de humo todavía se observaron hasta el 23 de agosto de 1815. En agosto de 1819, cuatro años después del evento de 1815, se registraron llamas y réplicas retumbantes.
-La erupción de 1815 lanzó azufre en la estratosfera, provocando anomalías climáticas mundiales.
OPINIÓN PERSONAL:
Al buscar fenómenos naturales encontramos este que nos llamó especialmente la atención por el curioso y a la vez aterrador título “mil ochocientos y helados a muerte” al leer la noticia nos quedamos impresionadas por la casualidad de que ocurriesen estos sucesivos acontecimientos creando devastadoras consecuencias en la isla y alrededores, pero también a escala mundial.
Bibliografía:
 www.rincondelvago.com/informacion/volcanes/erupcion-del-volcan-tambora-1816-el-ano-sin-verano
Hecho por: Irene Noguerol Hernández y Raquel Picón Guglieri
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